Hace frío, mucho frío. Los dedos están agarrotados. Ya no queda magnesio, y la humedad se siente en los dedos, haciendo más y más difícil agarrarse bien a la roca. Sin embargo, hay que subir. De repente, el apoyo del pie derecho se mueve traicioneramente. Todo el cuerpo de Gonzalo se tensa pegándose lo que puede a la pared vertical. Los músculos de la muñeca, del antebrazo, no pueden más, y llega lo inevitable, el horror al vacío… La caída.
Y empezó la piñata. Jonathan, con un ligero esfuerzo aguantó el peso, la cuerda se tensó, y Gonzalo empezó a girar como un péndulo, a 15 metros de altura. Con cuidado, fue bajando haciendo rapel, por llamarlo de alguna manera. Abajo, Víctor, Jaime y Rodrigo se acercaron a Gonzalo, y le empezaron a golpear por si acaso caían caramelos.
El rocódromo del parque de Roma fue testigo de muchos momentos emocionantes como éste: la subida de Enric y Rodrigo, saludando desde la cima, la aproximación teórica y distante de Juan, Fran e Ignacio, los intentos de Nicolás y Jaime M, que pese a no llevar el calzado adecuado, muestran gran talento para este deporte; la escalada técnica y lateral de Álvaro y su primo Rodrigo, dos auténticos prodigios, y el más peligroso: Amadeo, a quien queremos agradecer desde aquí su ayuda y rendir un homenaje a su acto de valentía. Todo el rocódromo (habría unas 20 personas, algunos montañeros ya experimentados) contuvo el aliento cuando se tiró desde arriba al vacío confiando en Jonathan y su cuerda.
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