Educar la lengua

San Romedio, en Val di Non

Carta de Juan Pablo I al Oso de San Remedio*. Nos da ideas para mejorar el tono humano en el modo de hablar. Y no publico esta entrada porque nos pase mucho que hablemos con ligereza sobre Dios y sus cosas, sino porque en ocasiones nos faltan ideas para frenar a quien sí lo hace. Seguro que después de leer esta carta -¡a un Oso!- se nos ocurre algún modo, con sentido del humor,  de explicar que blasfemar ofende a Dios.

Querido Oso de San Romedio:

Todo buen ladrón tiene su devoción. Este es el motivo por el que, hace un mes, al pasar por Sanzeno en Val di Non, me dije: «A dos kilómetros de aquí, al fondo de un corto valle, incrustado entre altísimas rocas que hacen pensar en el Cañón del Colorado, está el santuario de San Romedio. Allí peregrinaron, recorriendo a pie docenas de kilómetros, tus abuelos. ¿Por qué no vas también tú, que tienes coche?». Y allí me fui.

Interesante el santuario, con sus seis iglesias superpuestas y el balcón que domina el impresionante precipicio. Interesantes la figura y los recuerdos del santo ermitaño. ¡Pero simpático también tú, querido Oso! La estatua de Perathoner te representa sujeto al santo por una cadena, todo manso y domesticado.

Me explicaron la historia: según la leyenda, a su vuelta de una peregrinación a Roma, Romedio se había detenido a descansar con sus dos fieles compañeros, Abrahán y David. «Ya es hora de ponernos otra vez en camino. Vete a coger los caballos, que están pastando ahí al lado». El compañero vuelve aterrorizado: un oso está devorando el caballo de Romedio. Este corre, lo ve y, sin turbarse, te dice: «¿Tenías hambre, eh? No me parece mal que me comas el caballo, pero has de saber que yo no puedo volver a casa a pie. Hazme tú de caballo». Dicho y hecho: te pone la silla, los arneses y las alforjas del animal devorado, monta a tu grupa como si fueras la muía más pacífica del mundo y os ponéis en camino hacia Trento. Al volver del santuario—no sé si me creerás—, mi oración fue la siguiente: «Señor, domestícame también a mí, hazme más servicial y menos oso».

No te enfades por esta última expresión. Para nosotros, los hombres, vosotros, los osos, oscuros y negros, con vuestro enorme cuerpo, patas anchas y cortas, y vuestro tupido pelaje, sois unos seres torpes y desmañados. En comparación, nosotros nos consideraríamos infinitamente gráciles, ágiles y elegantes. Si te pones a bailar, resultas ridículo, mientras que nuestras danzas son un milagro de gracia y de música, y las sílfides de nuestro ballet son tan graciosas y ligeras que pueden bailar sobre las flores del campo sin doblarlas.

Y, sin embargo… Sin embargo, ayer me sentí tentado de invertir la oración de hace un mes en la siguiente: «Señor, haz que todos seamos osos». Porque he tenido que escuchar una serie de feas blasfemias. «Entonces—me he dicho—, ¿de qué vale vestir con tanta elegancia, calzar zapatos finísimos, llevar corbata a la última moda, peinarse con tanto refinamiento, si de nuestra boca salen palabras tan vulgares? Mejor ser desmañados como un oso, pero no tener la boca sucia».

Tanto más cuanto que se trata de un fenómeno extendidísimo; en Italia, de una verdadera epidemia: quince millones de blasfemos habituales con unos mil millones de blasfemias al día. Parte de ellos se asemejan psicológicamente al «despechado y torvo» Capaneo de Dante, que lanza a Dios orgullosas frases de desafío y despecho. Otros suavizan un poco sus expresiones blasfemas. «¿Es que aún existe Dios?»—dicen—, «Deja de hablarme de un Dios bueno y justo», «La religión no es más que un gran negocio», «El diablo sabe más que Dios».

Por fortuna, el corazón de quien pronuncia estas frases no suele estar de acuerdo con la boca, y diversas circunstancias excluyen una verdadera y profunda intención de ofender a Dios. A veces, la gravedad de la expresión queda atenuada por la irreflexión, la preocupación, la ignorancia. Como en el caso de Irene Papovna, que había acudido a Moscú para una oposición. El tema que le pusieron para desarrollar era: «Analice la inscripción de la tumba de Lenin». La joven maestra no se acuerda muy bien, tiene una vaga idea de que la inscripción suena algo así como «la religión es el opio del pueblo». ¿Cómo salir del paso? Se arriesga, hace el análisis que puede y, entregado el examen, corre a la plaza Roja, frente al mausoleo de Lenin, para verificar. Al ver que ha acertado, exclama entusiasmada: « ¡Santo Dios! ¡Y vos, Virgen de Kazan, gracias por haberme hecho recordar la inscripción!».

¡Querido Oso! Tú no lo sabes, pero sobre la blasfemia y el turpiloquio existe hoy todo un vocabulario reconocido y aceptado, realista y espontáneo, aunque no siempre acertado. Por ejemplo, a las blasfemias las llaman, a veces, «rayos». Pero el rayo es algo luminoso; la blasfemia es negra, acequia muerta, agua estancada, gas asfixiante. «Lenguaje de verduleras», llaman al turpiloquio femenino. Pero la expresión sólo es acertada si se toma la parte por el todo, es decir, si, gracias a esa figura retórica que se llama «sinécdoque», verdulera significa también profesora, estudiante, trabajadora, empleada, mecanógrafa, etc. De todas estas personas se solía decir en un tiempo: «Se sonrojan porque se avergüenzan». De algunas de ellas debería decirse hoy: «Se avergüenzan porque se sonrojan». Se dice también: «Blasfema como un turco». Pero es una calumnia: los turcos no blasfeman. En Francia, en Suiza y en Alemania se dice, en cambio, por desgracia con fundamento: «Blasfema como un italiano». Se trata, pues, de una enfermedad muy extendida. ¿Diagnóstico?

Primer síntoma: la gran superficialidad. Quien razona no blasfema, y quien blasfema no razona. Porque este Dios contra quien se blasfema, ¿existe o no existe? Si no existe, de nada vale blasfemar su nombre; si existe, blasfemar es una locura, porque «rebuzno de asno no llega al cielo». Otros pecados pueden entenderse (no excusarse): el ladrón, al fin y al cabo, mete la mano en una cartera llena de dinero; el borracho la extiende a una botella llena de buen vino. Pero el blasfemo, ¿a qué echa mano?

Segundo síntoma: el escaso sentido de la responsabilidad. Porque, además de Dios, está el prójimo. Tú, querido Oso, famoso por tu ternura hacia tus crías, deberías decir a los padres de familia: blasfemando, apenas a tu mujer y a tu hija, escandalizas a tu hijo, que se ve empujado a seguir el ejemplo del padre. ¿Qué ganas con ello? «Pues gano—he oído decir a veces—, porque, blasfemando, protesto contra las cosas que no fun­cionan, doy más fuerza a mis palabras, desahogo mi ira». ¿Protestas? Las protestas se hacen cuando son útiles y razonables. Pero, el motor del coche que se ha parado, ¿es que se pone a andar en cuanto comienzas a meterte con Dios? ¿Das fuerza a tus palabras? De acuerdo, con tal que lo hagas con expresiones respetuosas. Y las hay abundantes que son, a la vez, inocentes y dinámicas. Así se lo demostró a sus feligreses un buen párroco australiano, que un día se presentó en el campo, cogió la empuñadura del arado y, chasqueando el látigo, gritó a los bueyes con voz estentórea: « ¡Venga, dulcísimos arcángeles! ¡Vamos, sublimes querubines! ¡Adelante, fulgurantes serafines!». A estas órdenes místico-celestiales, los bueyes se levantaron lentamente y, aunque un tanto perplejos, comenzaron a tirar del arado. En cuanto a desahogarse de la ira, es mejor reprimirla que dejarla explotar, si es verdad que debemos ser los señores, y no los siervos, de nuestras pasiones.

Todo diagnóstico debe ir seguido de un tratamiento. En nuestro caso, la moderada y apropiada reacción de los «biempensantes» puede servir de pequeña y útil cataplasma o «emplasto». Un fraile, muy semejante a tu San Romedio, estaba sentado en un compartimiento del tren escuchando, impotente y apenado, las blasfemias pronunciadas a porfía por dos jóvenes mal educados, cuando uno de éstos, bromeando, dijo: «Padre, tengo que darle una mala noticia: ha muerto el diablo». «Lo siento mucho y os doy mi más sentido pésame», respondió el fraile. «¿El pésame? Y ¿por qué»?, replicaron a coro los dos jóvenes. «Por la pena que me dais, que os habéis quedado huérfanos».

El fraile se dejó llevar un poco de la ironía. Lo que hemos de sentir por los blasfemos, especialmente si son jóvenes, no es precisamente ironía, sino interés, comprensión, deseo y ofrecimiento de ayuda. Los que somos sus compañeros, amigos, superiores, padres, les debemos—con tacto, delicadeza y respeto a su personalidad—un consejo de amigo, una cortés protesta, un reproche, a veces incluso un castigo.

Pero el verdadero remedio es que ellos mismos se empeñen en quitarse de encima la mala costumbre, con resolución firme y perseverante, haciendo lo contrario del hortelano de Trilussa, a quien «en cuanto algo le salía mal, comenzaba al punto a blasfemar». Pero un día, mientras blasfemaba, «… se le apareció el diablo y le agarró por donde el empleado tiene sus pantalones más lustrados». Sintiéndose transportado por el aire, lleno de miedo, «el hortelano decía la oración: ‘Santo Cristo, Señor, Virgen María, líbrame de este trance, Madre mía’. A tales nombres, el diablo, es natural, abandonó la presa, abrió su mano, y en un pajar cayóse el hortelano, que, por tanto, no se hizo ningún mal. ‘Suerte he tenido’, dijo al golpear, y comenzó de nuevo a blasfemar».

¡Querido Oso de San Romedio! Trilussa bromeaba y quería decir que hay que hacer precisamente todo lo contrario: prometer no blasfemar y mantener la promesa. ¡Abre de par en par tus fauces y, desde el san­tuario, dilo a voz en grito a todos los hombres!

Diciembre 1972.

* El legendario oso que devoró el caballo de San Romedio se convirtió, amansado y embridado, en el compañero inseparable del ermitaño, que, abandonando su condado de Thaur, Innsbruck, se hizo anacoreta en Val di Non, junto a Sanzeno, hacia el siglo IV.